Habitación propia

¿Escuchar al cuerpo?

Amanece. Los pies descalzos lentamente se dirigen al baño. La luz tenue danza con el agua que cae hacia un cuerpo que pronto se vestirá, se calzará y correrá a la fila de tráfico y ruido mientras la mente divaga e ignora que cada día en la piel se sella una historia.

Y es que a la par de las rutinas cotidianas, somos seres situados en un país y realidad específica permeados por códigos de conducta e imaginarios colectivos. Es evidente que los estilos de vida que se promueven están relacionados con el consumo, la imagen y la popularidad. La publicidad se ha apoderado del ideal estético del cuerpo y ha logrado entrar a los genes de la identidad.

Estas lecturas nos atraviesan y van naturalizándose haciendo que el “deber ser” del cuerpo sea indiscutible y sutilmente integrado en reglas sociales que hay que cumplir: maquillaje, figura; la lucha por alcanzar el canon estético de turno. Sin embargo esto no se refleja en el cuerpo real y por ello hay más esfuerzos por “ocultar” que realmente “mostrar” que el cuerpo está presente.

En palabras de Michel Foucault:

“Mi cuerpo es lo contrario de una utopía, es lo que nunca está bajo otro cielo, es el lugar absoluto, el pequeño fragmento de espacio con el cual, en sentido estricto, yo me corporizo.”

En el conversatorio de mujeres, Silvia hizo una pregunta que nos ayudó mucho a reflexionar: ¿Pueden identificar alguna experiencia con su cuerpo que marcó un cambio en la percepción que tenían de ustedes y las ayudó a aceptarse como son? Y las respuestas aún más variadas: Una experiencia con el arte, la muerte de familiares cercanos, un accidente. Todas tan variadas pero con la claridad de la experiencia que marca un antes y un después.

Conversar sobre la importancia de no evadir las crisis y aceptarlas como expresiones del cuerpo que pide cambios, nos ayuda a comprender que hay señales que hay algo que no se está haciendo y que podría mejorar nuestra calidad de vida.

Pero, ¿Qué significa escuchar al cuerpo? Hay señales bioquímicas que podrían explicar el por qué nos da sed o por qué surge una necesidad de cierto tipo de alimentación, estemos o no conscientes de ello. Así llevándolo a otra dimensión, también el cuerpo interpela nuestra historia, cuestiona nuestras decisiones e interacciona con nuestras lecturas del mundo y de la vida. Esto dista mucho de un ejercicio superficial o metafórico; tiene que ver con el alojamiento de lo exterior, y de cómo llega hacia nuestro interior, se entremezcla con lo ya recibido y de ahí resurge algo nuevo.

Ellen Basss y Laura Davis en su libro “El Coraje de sanar” indican:

“Lo primero que aprenden los niños acerca de sí mismos y del mundo lo aprenden a través de sus cuerpos. El hambre, el miedo, el amor, la aceptación, el rechazo, el apoyo, el cariño, el terror, el orgullo, el dominio, la humillación, la rabia, todo lo que se le conoce como emoción, comenzó con sensación y movimiento en el plano corporal.”

Reflexionar sobre ello me parece muy pertinente para reconocer en nuestra historia cómo el cuerpo estuvo expuesto, sus matices y los heroicos esfuerzos de sobrevivencia de cada persona; partiendo de ello podemos profundizar que tan fácil o difícil puede ser lograr la reconexión con ese yo materializado, verse al espejo, sonreír y reconocerse, ahí frente a nosotras, la integración de todo nuestro ser.

Ese es el reto. La vivencia desde el cuerpo venciendo el “deber ser” es un aporte a la lucha por evitar la competitividad entre mujeres, la lucha de ese modelo único y abre una paleta de colores, una gama de posibilidades, estilos de vida sanos, armoniosos que hacen cuerpos más felices y habitables.

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