Habitación propia,  Lidia

Mercedes

Hace tres años me instalé en esta casa, al parecer, estuvo deshabitada varios años, la humedad la invadió y los bichos se instalaron. En aquel momento pagué a alguien para que con escalera y escoba quitara las decenas de telarañas, pues me producían nervios y escalofríos, no las quería conmigo.

Meses después,  cuando empecé a sentir esta casa como un hogar, vi que en mi habitación, en la esquina del techo que observo cuando me acuesto, una pequeña araña construía un refugio con su extraordinaria seda. No me alarmé, ni me dio miedo, pues la vi muy pequeña e inocente. Sin embargo, con los días fue creciendo y poco a poco su parte trasera iba agrandándose, así que tuve que llegar a un trato con ella. Una noche esperé a que saliera de su escondite, un agujero  entre la pared y el techo,  le dije: no soy tan importante como para decidir sobre tu vida, pero preferiría, si estás de acuerdo, que te quedes de ese tamaño para no asustarme. 

A pesar que la araña tiene seis u ocho ojos, no logré ver si su mirada era de aprobación o disgusto, pero entendí que teníamos un acuerdo cuando en los siguientes meses no creció más, ni ella ni su telaraña.   

En esta etapa de mi vida, sufrí algunas pérdidas, de personas cercanas que por situaciones existenciales se alejaron. Mientras pensaba en esos finales, y en las coincidencias a veces bellas, a veces fugaces; que hacen que construyamos relaciones o que solo nos logremos ver a los ojos por segundos, miré a la esquina de la araña y no la encontré, pensándolo bien, era la tercera noche que no la veía. 

Sabía que de día se mantenía en su escondite, y que todas las noches salía y me acompañaba mientras leía. Esa noche seguía ausente y la extrañé. Creí que merecía tener un nombre así que la llamé Mercedes, porque todo bicho que cae en su telaraña no hay otro destino más que el que Mercedes los devore, no liberación de esa situación.  No la volví a ver durantes las siguientes cinco noches y me dije, otra más que se va. Le agradecí todas las veces que me liberó de esas molestas moscas y con nostalgia me despedí de ella, deseando que hubiera tenido una linda vida. 

Para mi sorpresa la noche del siguiente viernes ella reapareció, con emoción le dije: Mercedes, ¡aún estás aquí!, me preocupaste, pensé que no volvería a verte. Como si quisiera decirme algo caminó con sus ocho patas hasta el borde de su telaraña y yo un poco me asusté, pensando que quizás iba a saltar, pero no lo hizo, respetó nuestros límites. 

Fue así como seguí viviendo en compañía de Mercedes. Cada noche ella salía a cazar y yo le leía el libro de turno, se volvió nuestra rutina. Creo que Mercedes disfruta las lecturas, en definitiva, es una amante de las letras.

Hoy domingo, un año después de ese reencuentro, me mudo a otro lugar. Solo me preocupa una cosa, que los siguientes habitantes no entiendan a Mercedes y no respeten su vida, arranquen su hogar con un solo escobazo y en vigilia nocturna al salir de su escondite la aplasten, así de sencillo es matar para los humanos. 

Así que en este momento, después de explicarle la situación me dispongo a traerla conmigo. Ella está de acuerdo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

1 + 9 =