Habitación propia,  Lu

Mi verdad

Una de las facetas de mi vida es ser pediatra. Quizás el segundo reto más difícil de mi vida después de la maternidad; probablemente también el segundo más satisfactorio.

Y lo escribo no con aires de presunción ni con tanto orgullo, sino más bien como un combatiente que apenas se mantiene con vida en una batalla.

Para mi la conciliación profesional y personal ha sido un camino largo por recorrer lleno de baches, golpes y caídas. Durante muchos años me preparé en lo que mejor sé hacer y lo que siempre pensé ser en la vida: médica; y con los años mi vocación de diosa Demeter me hizo orientarme hacia la salud de los niños. Sin embargo con el tiempo vino el amor y con él una hermosa hija.

En ese momento cuando ambas cosas se combinaron ocurrió la crisis más grande de mi vida; el momento crucial donde tuve que detenerme y reflexionar acerca de lo que significa ser mujer en esta sociedad. Las imposiciones sociales sobre lo que debo ser y hacer me limitaron ser la profesional que siempre soñé y la madre perfecta. Debía cumplir tantos requisitos que sólo logré frustrarme.

Cuando escribo esto mis ojos se llenan de lágrimas por los días tan largos y tan amargos que pasé decidiendo entre quedarme a tiempo completo con mi hija o dedicarme a mi pasión por la medicina. Nunca he llegado a conciliar ambas, no de la forma tradicional. Nunca pude llenar los estándares de profesional exitosa ni de madre abnegada y nunca lo lograré. Sin embargo he aprendido a plantearme mis propias reglas y mis propias metas.

He decidido vivir la vida desde mi perspectiva y desde mi visión, con el método prueba y error, descubriendo que hay mujeres valientes que lo han hecho antes que yo; muchas veces tengo que hacerlo tragándome comentarios venenosos de lo que no hago bien, pero con la convicción de que -como dice Anita Tijoux- lo único que tengo es mi verdad.

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